CHICAMÁN DE MIS RECUERDOS

Aquí estoy, de regreso con mis amigos, -el rio, el bosque y el viento-, para seguir recordando aquellos viejos tiempos.  He podido abrir ese viejo y oxidado cofrecito que les había mencionado antes. Aquella pequeña llavecita, pudo penetrar la carcomida cerradura, dejando al descubierto, miles y miles de memorias contenidas en su polvoriento y apolillado interior. He aquí pues, una de ellas que inicia con una tarde sin lluvia,  pero, como todas, no había mucha diferencia, ya que en un pueblo pequeño, todos los días parecían iguales.

Aquel, era un pueblecito precioso, donde toda la gente se conocía, y al caminar por las calles había que saludar a todas las personas que  encontraba uno a su paso. ¡Buenos días!, ¡buenas tardes! y ¡buenas noches!, eran expresiones muy populares y cotidianas. Siempre había que saludar, -se lo enseñaban a uno en la escuela – y los padres también.  Toda la gente parecía ser de una misma familia, querendona y jovial.

Frente a nuestra casa, en la calle que conducía a la plaza central, muchos patojos nos poníamos a jugar “cuarta”. Era un juego con monedas y según recuerdo, los que teníamos manos grandes, gozábamos de mayor ventaja. Allí mismo también jugábamos  carambolas, los “tres hoyitos” o el “triángulo”.  Todos los muchachos conocían este juego. Una de las expresiones que se escuchaban muy a menudo era: “Qué pulso el que tenés vos”, indicando que un muchacho o patojo como se dice en esa región, tenía muy buena puntería.  Cinco años más tarde, salimos del pueblo, y nunca más volvimos a jugar todos aquellos juegos. Había llegado el tiempo de una nueva vida, y  quizá aún no estábamos preparados para el cambio.  

En el centro de la plaza, había una Ceiba enorme.  Bajo su sombra, se reunían todos los niños de la época, para jugar toda clase de “juegos”.  Especialmente el círculo de los trompos zumbadores, mmmm, ¡qué espectáculo aquel!, Antes de lanzarlo, había que decir: ¡rompo canillas, y no pago ni medio centavo por tus rodillas! jajaja. Eran momentos de singular alegría y emoción, claro que cuando un trompo se quedaba dentro del círculo, aaah, eso era decepcionante, “significaba que lo había perdido”.  Allí mismo, al final de la plaza,  estaba también la Escuela, donde cursé los primeros cinco años de la primaria. Tenía un corredor grande, donde se quedaban muchos niños después de clases, para jugar tipachas de cera, y yaks, este último era el preferido de las niñas.  Cabe mencionar, que esta Escuela era el único centro educativo del Pueblo, y solo enseñaban hasta el “cuarto grado de primaria”. Afortunadamente, el año que terminé el cuarto grado, se anunció que el año siguiente iba ser la inauguración del quinto grado, el cual cursé solamente medio año, pues fue cuando nos movimos a la Capital del país. 

LA FERIA DEL PUEBLO

Bajo la Ceiba, se instalaba “el rancho alegre”. Una gran enramada para celebrar la fiesta oficial del pueblo, la cual se realizaba en el mes de Diciembre. Era una tradición hacer aquel rancho gigante, cubierto especialmente con hojas de palma, y el piso se cubría con las hojas de pino. Esto era una tradición de todos los habitantes. En todas las casas se hacía lo mismo, así que, por todos lados se podía sentir el fuerte olor a pino, y eso les daba un sabor especial a todas las celebraciones; “el olor a pino y la Marimba” ¡eran la combinación perfecta!

La fiesta daba inicio el día cinco, con una serenata de marimba y cohetes frente a la iglesia católica que comenzaba a las cinco de la mañana. En la plaza, se instalaban muchas chinamas, que le daban un colorido singular a la época. Los comerciantes y nativos que bajaban de las montañas aledañas, eran quienes ocupaban todos los espacios de la plaza; y por consiguiente, los que traían la alegría a toda la región. Por todos lados, en el perímetro de la plaza, había fogatas con ollas de comida, y desde lejos podíamos sentir los deliciosos olores de todo lo que estaban cocinando.

El fuerte olor a humo, comida y café caliente, complementaban la alegría que se respiraba por todos lados. Con solamente tres centavos, podíamos comprar una buena taza de café caliente y una deliciosa sheca del cercano municipio de Cunen. El día siete, era el convite que aún sigue dando alegrías a los habitantes. Esta es una celebración muy tradicional, los participantes usaban trajes especiales y máscaras; bailando en diferentes lugares al compás de la marimba, la cual era llevada en hombros para los diferentes lugares donde bailaban. Regularmente era frente a una casa donde ya se había pedido permiso con anterioridad; ya que, después de terminada la participación, los integrantes del convite, pasaban al interior de la casa donde eran agasajados con algunos alimentos, y por supuesto nunca faltaban las bebidas alcohólicas. Al final del convite, casi todos “los conviteros terminaban completamente borrachos”.

Al día siguiente, bueno, ese era –como decían en el pueblo- “el mero día de la fiesta”. Sí, el 8 de Diciembre se realizaba el baile oficial, “el pachangón”. Todas las señoras y señoritas lucían sus mejores galas, y los caballeros, pues ni hablar; era la noche de los estrenos, todos lucían sus mejores prendas; los caballeros con zapatos nuevos o muy bien lustrados, era una noche de resplandor y perfumes de todas clases; las damas tenían el cuidado de portar una cartera del mismo color de los zapatos, los cuales eran de tacón alto, sí, y eso me recuerda algo bonito, cuando bailaban, con los tacones se llevaban el pino que acolchonaba el piso, y lo iban arrastrando por todos lados.  El salón se habría desde las siete de la noche, y se podía sentir el delicioso olor a pino desde la  distancia. Mis hermanos y Yo, nos sentábamos en una de las bancas que había en toda la orilla del salón. Allí pasábamos sentados toda la noche, cabeceando y bostezando, cuidando las carteras y suéteres de mi madre y mi hermana Mayor, quienes bailaban toda la noche desde que daba comienzo la primera pieza, hasta que tocaban el son.

LA MARIMBA PALMA BLANCA

La marimba “Palma Blanca” que fue creada por manos de un Artesano de corazón, era el atractivo más sobresaliente de la fiesta. ¡Esas maderas de hormigo!, que  don Genaro Vásquez  tallara con tanta pasión, cobraban vida en las manos de aquellos maestros, que al tocar sus teclas sonoras, hacían sentir a los presentes, las alegrías que también sintieron sus más lejanos ancestros.

¡Y cómo no recordar a los grandes maestros! que al pueblo dieron tantas alegrías: En la Marimba grande, con bastante imponencia, se veía siempre a Baldomero Meneses tocando los bajos; luego, tocando los centros, aparecía con su estilo muy personal y alegre, la maestría de mi primo Chepito “José Genaro Vásquez Hidalgo” poniéndole un sabor increíble a la musicalidad; le seguía Noé Alvarado Cifuentes en los triples, y mi hermano Mayor en los pícolos, interpretando la primera voz de la melodía.

En el Tenor: Miguel Ángel Cifuentes tocando los picolos; en los triples o llenos de Tenor, veíamos siempre a Mauro Vásquez Herrera, y en los bajos de Tenor, al inolvidable y siempre recordado Ebanista y gran maestro de la marimba, mi primo Gustavo Horacio Vásquez Hidalgo, quien desde el cielo podrá estar leyendo estas notas, y a quien rindo homenaje por su maestría incomparable.

Ahora, los instrumentos complementarios que sin duda alguna, le dan ese sabor exquisito y delicioso, a los sonidos rítmicos de la marimba: El Violón o Contrabajo y la Batería. Estoy seguro que son muchos los maestros que pueden tocar el Violón, pero ninguno ha podido vibrar esas cuerdas con tanta gracia, habilidad y destreza, como lo hacía mi primo Francisco Arnoldo Vásquez Hidalgo, a quien, también lo veíamos en variadas ocasiones, tocando los bajos de la marimba grande.  ¿Y la Batería? ¡Aaah! ¡Por supuesto! La Batería.  Me fascinaba enormemente ponerme frente a ese soberbio instrumento, mientras era interpretado por don Maco;  sí, él era Marco Antonio Vásquez Toledo, el gran maestro de la Batería.

También participaban en aquellos dorados tiempos, don Víctor Cifuentes y Hermelindo Vásquez. Años después, apareció en los escenarios de la Marimba, mi querido primo, habilidoso maestro de música, el profesor  Osmín Soel Vásquez Hidalgo, muy querido y conocido por todos los Chicamanences; él me ayudó a recordar los nombres de estos personajes inolvidables, “los maestros de la Marimba Palma Blanca”, de don Genaro Vásquez. Aplausos fuertes a todos ellos, y asegurémonos que también puedan ser escuchados hasta el cielo.

Frente a la escuela, estaba la cancha de basquetbol. Allí, -además de los encuentros con otros equipos de Aldeas y Municipios de la región-,  se celebraban casi todas las actividades de las fiestas de independencia. Años más tarde –el 7 de Diciembre de 1974- la cancha de basquetbol fue inaugurada, al ser reconstruida y modernizada por la “Fraternidad Chicamanence” Residentes de la ciudad Capital de Guatemala, especialmente los integrantes del equipo de Futbol que dirigía el Señor Jorge Adán Gamarro Córdova.

Los días viernes por la tarde, eran un poco diferentes a los demás días. Porque todos los comerciantes y Nativos de la región, bajaban a la plaza, donde se reunían para vender sus productos. El mercado central del pueblecito, o la Plaza como todos la llamaban, se llevaba a cabo el día sábado. Y los comerciantes comenzaban a instalar sus tiendas desde el viernes por la tarde. Así que, esos días siempre había fuereños en el corredor de la casa, pues era la costumbre de dar posada a los nativos que venían con sus cargas de varios productos para la venta.

Ese día era el más alegre de cada semana, mi madre me daba dos centavos para que me comprara alguna cosa, alguna golosina. Con esos dos centavos, pasaba casi todo el día dando vueltas a toda la plaza, tratando de decidir qué cosa comprar; yo era un niño de cinco, seis o siete años de edad, así que me tomaba bastante tiempo tomar una decisión, y cuando ya estaba cansado de dar vueltas, casi siempre terminaba comprando un vaso de arroz en leche.  Después, con el otro centavo que aún me quedaba, seguía dando vueltas a la plaza, hasta que por fin, tomaba una decisión, y ¿saben qué?, siempre compraba una onza de “manías” así le llaman a los cacahuates en esa región (Peanuts).

La casa donde yo crecí con mis padres, estaba situada en una esquina, a unos cien metros de la Plaza.  Al frente de uno de los lados vivía Doña Piíta, una Linda Viejecita que hacía pan para vender, mmm, nunca he olvidado el olor de aquellos panes de a dos –así le decíamos- pues costaban dos centavos.  Al otro lado, en frente, vivía Tío Davidito, él tenía una tienda de abarrotes. Y los días sábados por la noche, cuando los comerciantes ya habían vendido todos sus productos, muchos de ellos se emborrachaban antes de regresar a su lugar de origen; y pasaban ya tarde de la noche a tocar la puerta de la tienda, y eso sucedía todas las semanas. Años más tarde, la tienda se movió a una casa que construyó a un lado de la iglesia católica, en la esquina opuesta a la plaza. Hoy en día, el Pueblito ya es un Municipio, el mercado que se hacía en la plaza, fue trasladado a otro lugar, y en la antigua plaza fue construido un parque en honor al Emigrante Chicamanence.

Aquella casa,  de la cual ahora solo existen los recuerdos, era como casi todas en el pueblo. Tenía una sala y dos habitaciones, y a lo largo de toda la casa, en la parte de adentro, tenía un corredor con muchos pilares, y en la misma dirección de los pilares, habían varias macetas con diversidad de plantas de sombra, predominando entre ellas, las llamadas: cola de caballo y muchas begonias.  Mi lugar favorito, “era el tapanco”, allí me sentía con cierta privacidad, especialmente si tenía que hacer tareas de la escuela. La cocina estaba separada y en frente de ella, estaba la pila, y un precioso jardín, que era el pasatiempo favorito de mi madre. A la par del jardín, junto al tapial, estaba el horno y a un lado del horno, el pozo del agua.

Allí viví los primeros años de mi existencia, de esa infancia que nadie quiere soltar, de una niñez incomparable, de juegos infantiles y de lindas aventuras sin par. Viviendo con mi familia, compuesta de mis padres y seis hijos que les habían nacido, en realidad tuvieron ocho hijos de los cuales yo soy el número siete, pero no conocí a dos de ellos, ya que Dios los llamó  antes que yo naciera.  

Mi padre era bien conocido en aquel lugar, y casi todos le decían  “tío”. Él no permanecía mucho tiempo en el pueblo, pues trabajaba con el gobierno, en el ministerio de obras públicas; así que se ausentaba por períodos largos de tiempo, y cuando regresaba, aun puedo sentir la gran alegría que nos causaba; y ahora que estoy recordando esos momentos, puedo sentir casi palpablemente, esa inmensa emoción al ver a mi padre dentro de la camioneta, que por las luces interiores, lo podíamos ver antes que bajara.

Mi Madre se mantenía haciendo los oficios de la casa, y por cierto se mantenía muy ocupada, pues para entonces mi hermanito Nachito era un recién nacido y nuestra familia era bastante numerosa.                

Mis dos hermanas, de quienes me sentía muy orgulloso, eran integrantes del equipo de basquetbol del pueblo, por cierto que, eran muy buenas en ese deporte. Siempre derrotaban a los equipos de los pueblos vecinos, y brindaban un tremendo espectáculo cada vez que jugaban.  Aquellos eran momentos de verdadera emoción y gloria.  

Y en la escuela, había muy buenas razones para sentirme contento de que ellas fueran mis hermanas. En muchas ocasiones, les tocaba cocinar la leche y repartir el pan; y cuando eso pasaba, ¡mmmm! Eso tenía sus conveniencias.

Amil, es mi hermano casi dos años mayor que yo, y hay muchísimas historias que podría contar de los dos, Él era el encargado por así decirlo, yo siempre andaba detrás de Él, íbamos a pastorear 4 vacas de la familia, y esas eran aventuras increíbles, para mí todo era un juego, pero Amílcar cargaba con toda la responsabilidad. Cuando era el tiempo de hacer la panela, nos levantábamos muy temprano para ir a cortar la caña, apenas comenzaba el día a saludarnos con su nuevo amanecer, y ya teníamos lista una burrada de caña para comenzar la molienda.

Mi hermano siempre se ocupaba de meter la caña en la máquina de moler, yo arriaba los bueyes que hacían girar la máquina, y también sacaba el bagazo. Yo pienso que ese trabajo era realmente fascinante. Sin olvidar que éramos niños entre los siete y los diez años.  

Todo el proceso de la fabricación de la panela era realmente excitante. Primero nos íbamos al cañal para cortar la caña, luego, la transportábamos en un caballo a la galera donde se molía. Al mismo tiempo de molerla, se estaba cocinando en el perol, donde otras personas adultas se encargaban de mantener el fuego apropiado para el cocimiento. Este proceso ocupaba casi todo el día, porque, cuando ya estaba oscureciendo, se daba inicio a sacar la miel que ya estaba a punto de endurecer, y la ponían en los moldes que se habían preparado para el efecto.  Pocos minutos después, se sacaba de los moldes y se empacaba, quedando listo para la venta. El producto final se conocía como “ensartas de dulce” o de panela. Algo que realmente me encantaba, y creo que eso le daba emoción a todo el proceso, -al menos para nosotros que éramos niños- era cuando nos permitían hacer “las melcochas”, de donde hacíamos el “alfeñique”.  También metíamos ayotes en el perol,  racimos de bananos verdes y creo que hasta güisquiles, ¡eso era verdaderamente fascinante!

En todo este proceso, hay muchas otras cosas que seguramente se van escapando de la memoria y otras que vamos pasando desapercibidas. Sin embargo, aquí quiero mencionar un par de cositas que bien vale la pena recordar, y son las siguientes: Una de ellas es cuando íbamos a cortar la caña. En primer lugar había que usar guantes gruesos, para protegerse de la tuna, y aunque lo sabíamos, muchas veces cometíamos la imprudencia de no usarlos. Yo mismo sufrí   algunas veces las consecuencias de esto, la tuna se me incrustaba en la yema de los dedos, y eso era extremadamente doloroso y muy difícil de quitarlas.  La segunda cosa era que durante este proceso, casi siempre encontrábamos culebras y había que tener el cuidado de no ser mordidos por ellas. Y también, las abejas, yo creo que nadie se escapaba de esos molestos piquetazos, especialmente cuando tirábamos el bagazo. Sin embargo, había algo que a todos nos gustaba. Llenábamos unos tecomates con jugo de la caña, y los escondíamos entre los bagazales; unas tres semanas más tarde, ya estaba bien fermentado y muy delicioso. Ese era el jugo de la caña de azúcar o el Guarapo, cuando está fermentado, tiene efectos fuertes como un vaso de vino.

            En cuanto a las vacas; eran cuatro: la Pinta, la Prieta, la Josca y la Colorada; Cada una de ellas tenía su respectivo chivito o ternerito, y en una ocasión, la Josca parió gemelos. Aunque éramos niños pequeños (entre los 6 y los 10 años), se puede decir que ya éramos muy buenos ganaderos.  Bueno, mi hermano era el capataz, yo era su ayudante.

Regularmente las pastoreábamos en lo que llamábamos “la falda del rio”, cerca del pocito, que era como un oasis para las vacas. Muchas veces, ya casi oscureciendo, las llevábamos de regreso a casa, y ¡de pronto!, por algún motivo, se asustaban y comenzaban a correr de regreso al río. Había que correr muy rápido para poder alcanzarlas, era entonces cuando mi hermano Amilcar demostraba su gran capacidad pastoril, corría y corría hasta alcanzar el lazo, y en plena carrera, lograba enrollarlo en pequeños guayabales que había en el llano, y de esa manera lograba detener la vaca que se nos estaba escapando. La pericia y audacia de mi hermanito, hacían que me sintiera orgulloso de él cuando niños; y ahora de adultos, también ha sido de grande bendición para mi vida y  la de mi familia. Además, ha servido de gran inspiración a mis hijos por su carrera en el mundo administrativo y empresarial, ostentando hasta el momento con varios títulos universitarios.

Por las mañanas había que ordeñarlas, y para eso, -otra vez-, era mi hermano quien las ordeñaba, algo que nunca aprendí correctamente. Pero sí recuerdo muy bien cuando me tomaba el vaso de leche al pie de la vaca, jaja. Aun puedo sentir la espuma de la leche en el labio superior de la boca. Eso era casi todas las mañanas antes de irnos a la escuela. Mmmm, regularmente nuestro desayuno consistía en sopas de tortillas saliendo del comal y un vaso de leche al pie de la vaca, con bastante espuma. Era una vida estupenda y maravillosamente privilegiada.

El periodo de tiempo que abarcan las historias relacionadas con la caña de azúcar, y la época cuando cuidábamos las vacas de la familia, posiblemente oscilan entre los años 1959 hasta junio de 1966; es decir: más o menos cuando yo era un niño entre los cinco y los once años de edad. La razón por la cual mi hermano Amil y Yo nos encargábamos de todas esas labores, que sinceramente correspondían a una persona adulta, fue porque en el año 1960 mi hermano mayor se había marchado para la capital del país, y mi papá, pues al menos durante ese periodo de mi niñez, no vivía en el pueblo; solo llegaba para la fiesta de diciembre y para la semana santa.

Así que, juntamente con mi hermano Amil, tomamos las riendas de todas las labores de la casa, cosa que me parece casi imposible, cuando veo niños de esas edades en la presente fecha (2018). Aunque, como dije antes, yo solo era el ayudante de mi hermano; y realmente no recuerdo que haya habido alguien que le dijera a él, qué cosas tenía que hacer, pero las hacíamos. Cuando fabricábamos la panela, por ejemplo, nos levantábamos a las tres de la mañana para ir a cortar la caña, y en mi mente, únicamente aparecen las imágenes bien claras de mi hermano y yo solos haciendo esas tareas.   

Después que mi hermano ordeñaba las vacas, mi madre se encargaba de hacer los quesos, luego mi hermana grande y yo se los llevábamos  a una señora que tenía un comedor frente a la plaza, quien también nos compraba el café que recogíamos bajo los cafetales del mi abuelo. Esto del café, también tiene su propia historia. Mi Abuelo nos pedía que recogiéramos el café que botaban los pájaros, el cual se quedaba debajo de las hojas que se iban amontonando al pie de los cafetales. Y ofrecía pagarnos la mitad del café que recogiéramos; entonces, mi hermana y yo, hacíamos el trabajo, y después de obtener la parte que nos correspondía, lo preparábamos, limpiándolo y poniéndolo a secar; y algunas veces, también lo poníamos sobre un comal para tostarlo, y de esa forma podíamos obtener un poco más de dinero en la venta.  

En la sencillez de nuestra casa, nos sentíamos muy cómodos en aquel pequeño poblado, a un costado había una “tranquera”, era lo que se usaba en vez de un portón. Esa tranquera que yo recuerdo, estaba formada de tres palos gruesos que se introducían horizontalmente en los agujeros de los pilares, los cuales estaban bien enterrados en el suelo, uno en cada lado.  En esa parte de la casa, hacíamos un trapiche, -así le llamábamos a un juego donde pasábamos momentos increíbles de emoción y alegría-. Enterramos un palo a un metro de altura, le redondeamos la punta y le pusimos cebo, luego, le hicimos un agujero redondo en el centro a otro palo de unos tres metros de largo, y lo introdujimos en el palo enterrado, ¡eso era más que fantástico! Dos niños se montaban, uno en cada extremo y otro niño se encargaba de darles vueltas. ¡Oh! ¡Qué tiempos aquellos!  

En ese lado, donde jugábamos con el trapiche, teníamos un cañal, una pequeña plantación de caña de azúcar, ¡mmmm! ¡Cómo disfruté todo ese tiempo! Allí teníamos cañas de todas clases, morada, blanca, pintía y cristalina. De la cristalina, había unas pequeñitas que le llamábamos “mamones”, esas eran mis favoritas.  Ese cañal colindaba con mi segunda casa, la del herrero del pueblo, él era el papá de mi mejor amigo. Para el otro lado, al final de la cocina y del jardín de mi madre, estaba el horno del pan, y a un lado, el poso del agua. Y de último, teníamos una preciosa huerta de café, varios platanares y un árbol de naranja que estaba junto a la cocina; ¡aah! Ese naranjal lo subí cientos de veces, lo usaba como antena para el radio de la casa. Sí, un día se me ocurrió poner un alambre en todas las ramas de aquel árbol, lo conecté a la antena del radio ¡y funcionó de maravilla!

De todo eso, me refiero a todo el terreno de la casa, el cañal, los cafetales y los platanares, lo que más viene a mi mente, son los juegos de esconder. Aún suena en mis oídos aquel grito clásico de uno de mis primos, diciendo: “ta mirán, ta mirán, ta mirando”, “ta mirán, ta mirán, ta mirando” … eso gritaba repetidas veces hasta que encontraba un lugar apropiado para esconderse, dando a entender, que el niño que le tocaba buscarnos, estaba mirando. ¡Qué tiempos aquellos!, ¡Tiempos verdaderamente inolvidables!

LOS PERSONAJES QUE INSPIRAN

            Muchos son los personajes que han quedado escritos en las páginas indelebles de esta singular historia, pero también en la historia de todos los habitantes de aquel pintoresco pueblecito. Personas que vivieron en mi época de niño, pero también la de otros, quizá la tuya propia; que formaron parte de la vida cotidiana de todos los habitantes, que caminaron  sus calles, que lloraron sus penas y contaron también sus alegrías. Que sufrieron cantando, y a veces cantaron llorando… y entre lágrimas, suspiros y carcajadas, siguen allí, por siempre en el baúl de los recuerdos.

Es precisamente de ese baúl, que voy sacando estas historias que hoy les puedo contar. Historias de personajes que han caminado por allí, por allá, por todas partes; rondando los caminos, las calles y las avenidas; viviendo por las veredas de  su infortunio, sin protestar y sin doblegarse nunca ante los embates de su propio destino. Personas que sufren y lloran, y en su soledad imploran por tener un día más de su solariega existencia. Y en este pueblecito de Chicamán, hubo personajes especiales, y los habrá siempre como en todos los pueblos del mundo. Por ventura conocí a dos de ellos, de inspiración: Migueloyo y el Tortiy,  los desamparados del pueblo; quizá nunca usaron una corbata y mucho menos un par de zapatos; no tenían un guardarropa ni se preocupaban de combinar bien sus atuendos. Tenían solamente lo que llevaban puesto, y comían de las misericordias de la gente.  Cada uno con su propia historia de la vida. Al entrar la noche, se dirigían a las galeras donde habían cocinado panela ese día, y se calentaban con el calor de los hornos, que por fortuna, permanecía toda la noche. Sin hogar, sin familia, sin amigos y sin nada; pero esperando que saliera una vez más el sol, para continuar con otra faena de su vida.

Don Lefo, fue otro personaje que llamaba la atención, y también era conocido por toda la gente; vivía solito, y una vez cayó en su propio pozo; el pozo del agua.  En el pueblo todas las casas tenían uno, pues en ese tiempo no se había instalado el agua potable. Entre sus historias, esta del pozo, es la que ha servido de refrán. Quizá fue en una noche oscura, o tal vez se había tomado algunas copas; lo cierto es que cayó al fondo del pozo, y allí pasó toda la noche. Nadie lo pudo escuchar, hasta la mañana siguiente, cuando toda la gente se dirigía a sacar la tarea del nuevo día. Fue hasta entonces, cuando algún buen samaritano escuchó sus gritos pidiendo ayuda, y con la ayuda de otras personas, lo sacaron casi muriendo del frio.  En recuerdo de aquel accidente, quedó un dicho que todos siguen mencionando hasta la fecha, -“esto está más largo que la noche que don Lefo se fue entre el pozo”-  refiriéndose  a una situación que ocupa mucho tiempo.

MI PRIMER DÍA DE ESCUELA 1962

            En este año, en el mes de Enero, se terminó la etapa de la vida que nadie quisiera que terminara. Ya había cumplido 7 años de edad, y era tiempo de entrar a la escuela. Así que, allí estaba yo; con mi primer cuadernito de papel manila bajo el brazo. Sí, yo hice mi primer cuaderno, con un pliego de papel manila, ese que se usa para envolver cosas de vidrio; casi todos los niños hacían lo mismo. Cortábamos el papel en el tamaño adecuado y  lo doblábamos por la mitad, luego lo cosíamos con hilo, y ya teníamos nuestro cuaderno. 

Es increíble cómo han cambiado las cosas; antes, los niños entraban a la escuela por primera vez, cuando cumplían 7 años. Era verdaderamente maravilloso, y aunque nuestros padres nos ponían bastantes tareas que teníamos que cumplir, la mayoría del tiempo la pasábamos jugando  y disfrutando de la vida en toda su plenitud.  Hoy en día, es todo lo contrario; he sabido de padres que desde que sus hijos cumplen tres añitos, los ponen en la escuela. Y aunque esas escuelitas tengan nombres bonitos, como “el jardín de parvulitos” y “el jardincito de esto y del otro”, de todos modos, es desde ese momento que los padres les están  poniendo a sus hijos, el yugo de la responsabilidad, que no se podrán quitar hasta el día de su muerte.  Pero en nuestro tiempo, no teníamos la presión ni la responsabilidad de hacer las tareas de la escuela. Disfrutábamos la niñez de una manera esplendorosa.

Pero, ese tiempo se había terminado para mí.  Entré al salón de clases, y allí estaba mi primera Maestra. En la mano derecha tenía una regla, y con ella se golpeaba la palma de la mano izquierda mientras se paseaba por el salón de clases; quizás lo hacía como una señal de autoridad, de todos modos, conseguía plasmar en nuestras mentes, la idea de respeto hacia ella. En los siguientes años, tuve otros maestros en el pueblo, pero ella fue la primera, doña  Bertita, la que me enseñó las primeras letras.

            La niñez, en esos pueblos pequeños, se disfrutaba de una manera increíble. Teníamos infinidad de juegos para distraernos al aire libre, pues no existía la electricidad, y mucho menos la televisión. No había celulares,  ni toda esa tecnología que hoy absorbe la atención de niños  y adultos. El significado de muchas palabras ha cambiado, por ejemplo si me ofrecían una tableta, luego pensaba si podría ser de chocolate o de piña o de algún otro sabor. Pero ahora si le ofrecemos una tableta a un niño, va pedir también que tenga internet incluido. No teníamos teatros, pero los adultos eran los mejores contadores de historia de la época, y mucho mejor si eran de miedo.  A penas entraba la noche, y nos reuníamos en algún lugar para escuchar toda clase de cuentos de miedo: de la Llorona, del Cadejo, del Duende,  de la Siguanaba y del Sombrerón.  

            Pero todo tiene su fin, y la vida sigue su curso interminable, cambiando constantemente y nosotros cambiamos también con ella. Cada día que amanece han muerto millones de células en nuestro organismo, y remplazadas por nuevas. Todos estamos sujetos a ser transformados con el tiempo. Y cada persona individualmente, es responsable de que esos cambios sean de bien o de mal, porque cada ser humano es piloto de su propia embarcación.   En este año, mis padres le compraron un “Velocípedo” a mi hermano Amil para su cumpleaños; eso fue verdaderamente asombroso, ¡fenomenal! Yo trataba de levantarme más temprano para poder usarlo, y al salir de la escuela, regresaba a casa corriendo, con el afán de poder usar el nuevo vehículo antes que llegara mi hermano. Ese Velocípedo fue motivo de grandes alegrías, y se convirtió en el mejor pasatiempo del año. Cuando salimos del pueblo, seguramente se quedó abandonado en algún rincón de la casa, entre todas aquellas cosas que nunca más volvimos a ver.                                                                                                    
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