El Secreto de una Vida Maravillosa

La vida es realmente maravillosa, por Hermano Antulio Meneses

Era una mañana silenciosa, el sol recién salía, y el viento soplaba suave,  acariciante y apacible. La temperatura de aquel particular momento era excelente y los pajarillos comenzaban a dar los buenos días con sus cánticos matutinos. Allá en la distancia, se podía escuchar el murmullo de varias personas platicando sobre esto y aquello y… qué se yo, de tantas cosas que solemos platicar los humanos cuando estamos descansando de nuestras labores cotidianas. Las frías aguas de aquel río, rasgaban el silencio en su caminar apresurado, bajando  tan rápido, como diciendo “no querer volver jamás”.

Me incorporé para saludar al nuevo día.  Elevé mis brazos a la altura de los hombros, y suspiré profundamente. Pude sentir cada partícula de oxígeno pasando por las vías respiratorias y entrando lentamente a mis pulmones.  Me estaba llenando de una sensación extraordinaria; sencillamente maravillosa y placentera.  Me quedé por unos instantes en total silencio, para escuchar la caída de las hojas y los lloriqueos del bosque, como reclamándole al viento.  Entonces, sin pensarlo más, comencé a caminar por las veredas del río, por unos senderos de ensueño, engalanados por la misma naturaleza, cubiertos de hojas otoñales de diversos colores y matices.  ¡Era una escena encantadora y magistral!, exquisita y deliciosa.  Me sentía completamente maravillado de tanta belleza; esa belleza mágica que tiene la época del otoño, por ese color esplendoroso que toman las hojas al darnos la despedida.  Y… allí, al final de aquel bello paraje, estaban mis viejos amigos, “el Río, el Bosque y el Viento”. Esperándome como siempre, para escuchar mis inquietudes, mis quejas, mis sueños y mis esperanzas.  Siempre me escuchan con denuedo, y nunca contradicen mis pensamientos.   

¡De pronto sentí que estaba lleno de vida! ¡Ooh sí! ¡Me sentía vibrante!  Con deseos de saltar, de cantar y  de correr por el campo. Descubrí que Dios nos puso en este planeta con propósitos eternos, para que gocemos de esta hermosa naturaleza y para que vivamos en ella. ¡Descubrí a plenitud que la vida es realmente maravillosa! ¡No tengo nada que reclamarle! Me ha dado tristezas, pero también muchas alegrías; han habido pruebas, pero también grandes victorias; y hoy puedo repetir las palabras del Apóstol Pablo –Yo sé cómo vivir en pobreza o en abundancia. Conozco el secreto de estar feliz en todos los momentos y circunstancias: pasando hambre o estando satisfecho; teniendo mucho o teniendo poco– (Fil. 4:12).

No podía existir un mejor momento ni un mejor lugar, era el tiempo perfecto y justo,  estaba allí sólo con mis amigos platicando sin hablar,  y escuchando una bella y armoniosa sinfonía interpretada por los ecos del bosque y los susurros del viento. Era sin lugar a dudas el momento propicio para doblar rodillas. ¡Tenía que hacerlo!  ¡Por supuesto!, Sabía que no podía continuar. Era el tiempo adecuado para llenarme de la savia que alimenta nuestra naturaleza espiritual. Esa naturaleza que nos asemeja al Creador del universo. Esa riqueza que nos lleva más allá de nuestras añoranzas, que nos inspira, que nos enseña a amar, que nos muestra el camino de los sueños, y sobre todo que nos hace humanos. Esa riqueza interior que nos hace ser agradecidos y sensibiliza nuestros más profundos sentimientos para confraternizar con nuestros semejantes. Era el momento de pedir la dirección correcta para continuar con este nuevo amanecer.

 Miré a las alturas, buscando un espacio entre las ramas de los árboles para poder ver lo azul del cielo, como tratando de alcanzar el infinito… ¡y en mi afán por alcanzarlo! caí postrado en señal de gratitud, mientras al unísono, rompía el espacio con los gritos de mis ¡aleluyas!, que abrían las puertas de  los cielos, para entrar a las moradas eternas del Creador del Universo… Alabando, Adorando, y exaltando su Glorioso Nombre. Diciéndole: ¡Gracias, muchas gracias Señor!… ¡Gracias por la vida… gracias por todo!….. ¡Por lo que me gusta, y por lo que no! Por los lindos momentos de la vida y por los tiempos difíciles en los que me has enseñado a reflexionar y en los que me has hecho comprender sabiduría. Gracias por mi Familia y por todas las personas que amo,  los amigos que me has dado y los que apenas estoy conociendo. Gracias por tu Palabra Santa que me inspira y me enseña los senderos para caminar seguro. Y sobre todo, muchas gracias por el regalo inmerecido que me diste, por tu Gracia y tu grande misericordia y por tu hijo Jesucristo en quien encontré el perdón y la vida eterna. 

Oooh!, ¡Qué refrescante momento! cuando hablamos con Dios con un corazón agradecido, con una mente abierta y con palabras del alma. Creyendo ciertamente, que somos escuchados y atendidos por el Creador del Universo. ¡Bendito y alabado sea su Glorioso Nombre!

Luego, poniendo los pies en el agua, me apoyé con una caña que había encontrado en el camino y logré pasar al centro de la corriente para recostarme en una roca grande que estaba siendo ligeramente salpicada por el río, allí pude recibir los rayos del sol que ya comenzaban a enseñar sus cálidos matices. Y habiendo tomado unas piedrecitas de la orilla, comencé a lanzarlas en el río como queriendo platicar con el silencio. Los minutos y las horas pasaron sin darme cuenta; aquel era sin duda un momento acogedor y ciertamente relajante. Los pajarillos comenzaron una preciosa sinfonía de cantos, que mesclados a los sonidos del bosque y del sonido característico de las aguas en movimiento, formaban una música orquestal maravillosa. ¡De pronto!, ¡repentinamente! mis pensamientos comenzaron a elevarse por los caminos misteriosos del tiempo, para llevarme por los senderos del pasado, en busca de memorias guardadas en los archivos del recuerdo.

¡Súbitamente! Y ¡como un rayo! Fui trasladado a unos portales que irradiaban sensaciones de belleza esplendorosa, con matices de nostalgia y pinceladas de emoción. Unas puertas grandes se abrieron invitando a pasar a los jardines internos dibujados en mi mente. Adentro pude sentir el olor fragante de millares de rosas de variados colores que adornaban aquel lugar imaginario. Luego, abrí los ojos, y aun extasiado por tan singular belleza, comencé a sacar memorias de una niñez casi olvidada en los vagones del tiempo.

Solo tenía  once años cuando mi Madrecita tomó la determinación de movernos a la ciudad más importante del país. Sí, ciertamente fueron solo once años de aquellos inicios de lo que vino a ser “una infancia inolvidable”; una infancia preciosa que ha servido de inspiración para escribir esta historia, y que quedó grabada  en mi vida para siempre.  Hoy, sigo guardando un cúmulo  inconmensurable de aquellas vivencias con recuerdos difusos raídos por el tiempo. Memorias almacenadas en un apolillado cofrecito de mi mente y que hoy estoy tratando de abrir con una llave casi destruida por el óxido de los años.

Mientras tanto, sigo aquí, recordando viejos tiempos, recostado sobre una piedra salpicada por las frías aguas del río, que a su paso dejan una brisa deliciosa y refrescante. Es algo que trato de hacer siempre que tengo la oportunidad, pues siempre he vivido en ciudades grandes, y he descubierto que pasar un tiempo rodeado de la naturaleza, es vivificante, placentero y ciertamente renovador.

Vienen pues, a mi memoria,  los primeros años de mi niñez en aquel Pueblecito que se fue perdiendo lentamente en las grutas insondables del tiempo. Allí pude vivir así, entre árboles, cañaverales, y ríos de agua cristalina. Corriendo por llanos y valles saturados de esplendor y belleza. Caminando en las afueras del Pueblo, por veredas entre pinos y robles que complementaban la belleza natural de aquel lugar. Diversos caminos como el que me condujera tantas veces al río donde hice mis primeras prácticas de natación.  En la poza del paso, el recodo, la poza de la silla y la playita. 

Caminos inolvidables como el que llegaba al Bordo de la Campana, donde quedaron escritas tantas memorias. Allí estaba la galera del Abuelo, donde muchas veces hicimos la panela. También sembrábamos maíz, y cuando estaba germinando, había que cuidarlo para que los pájaros no se lo comieran; ese era un trabajo encantador y excitante, se requería el uso de hondas de pita para lanzar piedras a los sanates, que eran los animales más perjuiciosos.  Abajo estaba el potrerito de don Genaro, allí pasaba un arroyito, donde muchas veces me llevaron a tirar florecitas para curarme de la tiricia, pues, me afectaba  una profunda tristeza cada vez que mi padre se marchaba del pueblo para ir a trabajar. Ese mismo arroyito, fue testigo silencioso de muchas actividades y aventuras que siguen latentes en el recuerdo; como cuando lavábamos los moldes que utilizábamos para la fabricación de la panela, y aquel alarmante momento cuando acompañado de uno de mis hermanos, lavábamos la cabeza ensangrentada de un niño, que con el tiempo llegó a ser un brillante compositor de melodías en marimba.

EL ACCIDENTE DEL BORDO

Por supuesto que nunca deseamos que haya accidentes, pero en algunas ocasiones, pasa lo inevitable. Y eso fue exactamente lo que sucedió esa mañana; nos mandaron a cuidar la milpa al Bordo de la Campana. Yo todavía no estaba en la escuela, aún no cumplía los siete años de edad, pero mi hermano ya estaba en primero de primaria. Por eso pienso que se trataba de un fin de semana; el punto es que, mi hermano y Yo tomamos nuestras armas, que consistían en unas hondas de pita que nosotros mismos fabricábamos,  y con ellas lanzábamos piedras al aire, para espantar a los pájaros que bajaban a comerse el maíz cuando empezaba a germinar. En el camino hacia el bordo, recogimos a uno de nuestros primos para que nos acompañara, y proseguimos nuestra caminata, para cumplir la misión que nos habían encomendado. Cuando llegamos al lugar de los acontecimientos, nuestro primo, quien estaba agachado recogiendo piedrecitas para lanzar, se puso en pie en el preciso momento que mi hermano lanzaba una de ellas, y la piedra quedó incrustada justo detrás de la oreja de nuestro querido primo.

En aquel tiempo no existían los teléfonos celulares, de haber sido así, yo hubiera llamado a los paramédicos, o grabado todos aquellos sucesos, ya que me encontraba a corta distancia subido en un árbol de Guayabas, y había observado minuciosamente todas aquellas acciones. Así que, bajé de aquel árbol tan rápido como me fue posible, y tomando de los brazos al herido, lo llevamos inmediatamente al mencionado arroyito.

Lo curioso de aquel caso, es que, nuestro primo ya no estaba llorando; ya se le habían calmado los dolores causados por la tremenda pedrada que le propinó mi hermano, aunque por accidente; pero, en el momento de lavarle la cabeza en aquellas aguas corrientes, estas se tiñeron de rojo, y el pánico se apoderó de aquel pobre muchacho, lanzando tremendos gritos de llanto, y como si eso fuera poco, su hermano mayor, quien había ido a buscar leña,  venía de regreso bajando la montaña,  y al ver a su hermano llorando con la camisa llena de sangre, lo regañó muy fuertemente y lo puso sobre las ancas del caballo, y se lo llevó de inmediato. Y con mi hermano,  nos fuimos corriendo para la casa.

Cuando llegamos, encontramos allí a los papás del herido y a los Mayores del pueblo; -así se les denominaba a los encargados del orden-. Y mi mamá tuvo que llevarlo a la farmacia, y por supuesto, pagar los gastos de la curación. 

 Como este arroyito, que me ha traído todos esos recuerdos hermosos, hay muchos lugares mágicos, que me hicieron vivir grandes aventuras en los pocos años que viví en aquellas tierras esplendorosas. Lugares que siguen vivos en el recuerdo, latentes en el corazón.  Lugares que he vuelto a vivir miles de veces, con el pensamiento, con el alma, y con mis manos, al ponerlas en el teclado para escribir estas memorias.

La finca los Tecomates, era en mi mente de niño, otro lugarcito mágico y encantador. Pero, como en los cuentos de hadas, para llegar a esa maravillosa tierra, había que pasar por una casa donde tenían muchos perros. Esa parte del camino, era sin lugar a dudas, para ponernos a prueba. Cuando nos íbamos acercando, los perros comenzaban a ladrar, y por consejo de los adultos, debíamos caminar muy despacito, sin hacer ruido, y bajo ninguna circunstancia debíamos correr; de lo contrario, era seguro que aquellos perros nos seguían.  Pero,  como todos los niños, bien obedientes, solo nos adelantábamos algunos metros, y comenzábamos a correr; los perros casi de inmediato, se lanzaban tras nosotros a gran velocidad, pero al ver que no podían alcanzarnos, se regresaban,  y gracias a Dios, nunca nos atraparon. Sin embargo, bien valía la pena correr todos aquellos riesgos y peligros, porque después de aquella gran corrida, entrabamos a un valle de maravillas, sí, era impresionante la vista que nos brindaba aquel  hermoso valle.  Sus llanuras se vestían de gala con las “Carnizolendas”, esas florecitas amarillas que aparecían siempre  para la época de Semana Santa; era sencillamente un lugar majestuoso y señorial.  Y, ¡cómo no recordar el canto de los Chiquirines! Estos eran unos animalitos parecidos a los chapulines, pero su canto es  semejante al de la cigarra, pero más agudo. Y su  nombre, es de origen puramente guatemalteco. En esas praderas de los Tecomates, se podían escuchar millones de Chiquirines cantando al unísono, y un sin fin de coloridas mariposas volando entre miles de Carnizolendas amarillas. Lo cual hacían de  aquel lugar, un paraje primaveral de fulgor exorbitante y placentero.

 Ahora bien; ese lugarcito donde Dios me permitió nacer, y que pareciera un cuento de hadas, ya no lo podemos encontrar en ninguna parte del mundo ni del universo mismo. Se quedó enclavado y escondido en lo más profundo del corazón de quienes tuvimos el privilegio de nacer en esa época maravillosa. Para encontrarlo, debemos buscarlo en el baúl de los recuerdos, o quizá en los cuentos de la llorona o la Siguanaba; o tal vez en las historias del Cadejo o del Sombrerón. O, quien sabe, quizá en los fantasmas que rondan los caminos en el silencio de la noche. Sí…pudiera ser que encontremos ese pedacito de cielo por allí, escondido y asustado por el ruido del progreso y los excesos de la gente.

¡Ahora vemos un pueblo muy distinto!, ¡diferente! Ciertamente ¡moderno y acogedor! ¡Alegre, jovial y bullanguero!, quizá  en el mismo lugar, y con su misma gente; pero traspasaron sus antiguos linderos, y al expandir sus fronteras, dejaron escondido en sus adentros, la ternura inolvidable de aquel “Lindo pueblecito de mis recuerdos”.

Este libro lo pueden adquirir en este link: http://www.lulu.com/spotlight/Vida1

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