EL CORAZÓN DEL HOMBRE

¿Cómo es el corazón del hombre natural?… Si buscamos en la historia, encontramos a Pelagio, que pensaba que el hombre nace bueno, y mucha gente hoy en día, piensa lo mismo.  Dicen que, a medida que va creciendo, dependiendo del medio ambiente donde se desarrolle, se puede convertir en una persona mala o buena. Otros dicen tajantemente que son las circunstancias de la vida que lo vuelven malo; y ponen como ejemplo, “la cárcel”, la cual, dicen, puede convertir a una persona buena, en un verdadero criminal… Pareciera que todos tienen razón. Quizás usted conoce personas buenas en este mundo. En lo personal, me he topado con personas muy buenas que no tienen ninguna afiliación religiosa; y, por otro lado, también he escuchado que hay personas malas pero el día domingo no faltan a la iglesia. Pero, veamos qué dice la Biblia.

             “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿Quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras” (Jer. 17:9-10). “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.” (Gn. 6:5)

En el primer párrafo, leímos lo que la gran mayoría de la gente piensa acerca del hombre natural; muchos concuerdan, en que, el hombre es bueno de nacimiento, es decir, por naturaleza. Sin embargo, ya vimos que la Biblia dice otra cosa. El hombre por naturaleza es malo, porque heredó el pecado de Adán. Cuando Adán pecó, entró el pecado en el hombre, y las consecuencias del pecado, no tardaron en llegar, pues Caín lleno de envidia asesinó a su hermano Abel. Luego, la Biblia nos relata que toda la descendencia de Caín fue mala en extremo, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos, eran de continuo el mal. Tan malos eran los hombres, que Dios tuvo que aniquilar a toda la humanidad en el Diluvio (Gn. 6:5-7)

Así que, el problema del corazón del hombre, no está fuera de él. No está en el medio ambiente donde se desenvuelve, como piensan muchos. El problema está dentro de nosotros. La gran mayoría de esta humanidad, no quiere a Dios dentro de su vida; y mientras el hombre persista en vivir sin Dios, seguirá siendo malo; el hombre sin Cristo es malo. Leamos Ro. 3:10-18 “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios; todos se desviaron, a una se hicieron inútiles, no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno; sepulcro abierto es su garganta, con su lengua engañan; veneno de áspides hay debajo de sus labios, su boca está llena de maldad y de amargura, sus pies se apresuran para derramar sangre, quebranto y desventura hay en sus caminos, y no conocieron caminos de paz, no hay temor de Dios delante de sus ojos.”

Nosotros todos, somos como serpientes venenosas. Nuestras bocas están llenas de maldición y amargura, los pies están prontos para derramar sangre; destrucción y miseria dejamos a nuestro paso; eso dice la Biblia, esa es la descripción Divina del hombre. La humanidad es mala en naturaleza, y además peligrosa. La lengua de todo ser humano está llena de veneno mortal, de hipocresía y maledicencia.

 “Cristo dijo que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre” (Mr. 7:20-23).

 Muchas organizaciones nos quieren hacer pensar que el hombre es bueno por naturaleza, pero no lo es. La raza humana está caída hasta lo más bajo, nadie piensa en el bienestar del prójimo, sino solamente en el bien de sí mismo. Lo vemos en todos lados, donde hay humanos, podemos ver la huella de destrucción que deja el hombre a su paso, como evidencia de que toda la raza humana está cautivada por los efectos destructivos del pecado.

La Biblia dice que estamos muertos en nuestros delitos y pecados (Ef. 2:1; Col. 2:13). Si la persona no se ha arrepentido y no ha entregado su vida a Cristo, entonces, no hay un solo espacio en todo su ser, que no sea afectado por los efectos destructivos del pecado. No olvidemos que el pecado es un tirano implacable, sanguinario, devastador y degenerante que aflige a la raza humana sin descanso. El pecado corrompe a las personas, y actúa como un virus que infecta el alma, contaminando la mente y metiéndose en la voluntad de la gente. Es como lodo podrido que ensucia los deseos del corazón y envenena el alma.

Una persona no arrepentida, no pelea la guerra espiritual, no le interesa en absoluto, piensa que todo está bien. A él le interesa solamente su vida personal, y, cuando hace alguna cosa buena, es como los políticos, para ganar popularidad o para satisfacer sus propios intereses.

            La naturaleza pecaminosa del hombre, no le permite ver con claridad, y es presa fácil de las religiones seudo-cristianas y de tantas filosofías que hablan de salud mental, y lo único que hacen, es llevar a la humanidad a una perdición eterna. Sin embargo, a pesar de la maldad innata del hombre, Dios no quiere que se pierda, y desde el mismo momento que entró el pecado de Adán en la humanidad, Dios trazó un plan de salvación, un Único Camino que lo puede librar de la condenación eterna; y, para eso, el hombre tiene que nacer de nuevo, tiene que comenzar a vivir una nueva vida en Cristo, y eso se logra a través del arrepentimiento. (Jn. 3:3)

            La Biblia dice: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1Ti. 2:5). De tal manera que no podemos tratar de buscar una reconciliación con Dios por cualquier medio. No importa cuántas filosofías o religiones enseñen al hombre infinidad de formas para llegar a Dios, si no es por medio de Jesucristo, están equivocadas. Porque: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro Nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos (Hch. 4:12).

            “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16).

            Si nos arrepentimos, ¡Dios nos perdona!             Ven a Cristo pronto, ¡el tiempo se acaba!

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