DIO SU VIDA POR NUESTROS PECADOS

Yendo un poco adelante se postró sobre su rosto, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mi esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. (Mateo 26:39)

            Jesús solía apartarse al monte de los Olivos para orar. En esta ocasión fue en compañía de sus discípulos; les pidió que lo acompañaran y que lo ayudaran a velar en oración. Les confesó que su alma estaba muy triste, a tal punto que podía sentir palpablemente los dardos de la misma muerte. Les dijo que se quedaran orando mientras él se adelantaba un poco al Huerto de Getsemaní para clamar a Dios.

            Jesús sabía de antemano todo lo que le esperaba al día siguiente. Unos días antes, Jesús dijo: “Sabéis que dentro de dos días se celebra la pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado” (Mt. 26:2); bien le pudiéramos llamar al Huerto de Getsemaní, “la antecámara de la muerte”. Como algunos de ustedes recordarán, en varios países ha existido la pena de muerte, la cual se ha aplicado a ciertos delincuentes, por los delitos cometidos. Y la noche anterior a la ejecución, le han llamado “Capilla ardiente”.

            Y aquí estaba Jesús, orando en el Getsemaní, orando, clamando, pidiendo fortaleza, pidiendo a Dios que le quitara esa tremenda angustia que estaba sintiendo. Les confesó que su alma estaba triste, hasta la muerte. La Persona de Jesús, comenzaba a sentir el tremendo peso de la carga que Dios le había impuesto para salvar a esta humanidad pecadora. Por eso es necesario que vivamos en constante oración, para que podamos resistir toda clase de tentaciones. Sí, … mientras vivamos en este cuerpo, vamos a tener muchas dificultades para vencer las tentaciones; es más, no podremos vencer jamás, a menos que nos dediquemos a buscar a Dios de todo corazón, buscándolo en oración, clamando y pidiendo fortaleza. Porque solo Jesús nos puede dar la victoria.

            Fue tanta la angustia y desesperación de Jesús, que dijo: “Padre mío, si es posible, pase de mi esta copa” … en otras palabras: Padre, que esta noche los soldados Romanos no me desgarren la espalda a latigazos, que no me metan esos clavos en las manos y pies, y que no me traspasen con una lanza, “pero que no sea haga como yo quiero, sino como tú”. Después de esa oración, dice la Biblia que Dios le envió un Ángel para fortalecerlo. Así mismo, nosotros, cuando estemos pasando por diversas pruebas, debemos clamar a Dios, y Dios nos dará la fortaleza que necesitamos. De hecho, nos ha asignado un Ángel que nos protege constantemente.

            Jesús sabía que había venido al Getsemaní como el Hijo de Dios a quien se le había encomendado cargar sobre su alma todo el peso del pecado de su pueblo, y contra él arremetían todas las fuerzas más poderosas del infierno. Ya habían pasado tres años durante los cuales Jesús había estado predicando el Evangelio del Reino. El propósito de su venida era para salvar a las ovejas perdidas, las ovejas de su pueblo, el pueblo judío. Pero ese llamado pueblo de Dios, rechazó su mensaje; ciertamente había multitudes que le seguían, pero le seguían por los milagros que hacía, por la comida que les daba y porque sanaba a los enfermos. La Biblia dice: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. (Juan 1:11-12) Pero, de esas multitudes, había escogido a doce hombres a los cuales les había dado instrucciones para predicar este Glorioso Evangelio por todo el mundo; pero ahora estaba llegando al final de su carrera. Él sabía perfectamente a qué había venido, y cuando decide ir al huerto de Getsemaní, es porque ya todo el pecado del mundo estaba sobre él. Su angustia era tan grande que comienza a clamar al Padre, tratando de encontrar una salida sin tener que pasar por el calvario. Él sabía lo doloroso que iba ser recibir cada latigazo, cada golpe y cada injuria.

            La Biblia no describe todo el sufrimiento que pasó Jesucristo en manos de los soldados romanos. La historia nos dice, que los romanos eran los más crueles y despiadados para castigar a los criminales. En el libro de Mateo capítulo 27 y versículo 26 nos dice que Pilatos entregó a Jesús a los judíos para ser crucificado, después de haberlo azotado. Así que fueron los romanos los que azotaron a Jesús, y por esa razón, su cuerpo ya no se podía reconocer, cumpliéndose la profecía del profeta Isaías 53:5 “Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”.

            Así que, ese momento en el Huerto Getsemaní, no tiene comparación alguna. Jesús sabe que ha venido a salvar a una raza humana pecadora, siniestra y traicionera. Sabe que, en ese mismo momento, uno de sus discípulos, quien ha estado con él durante los pasados tres años, escuchando sus enseñanzas, viviendo con él, comiendo con él, miembro de los doce escogidos, nada menos que uno de los más íntimos discípulos, escogido para ser apóstol; ahora anda desvergonzado, sin escrúpulos y sin compasión, buscando en las oficinas de los mandatarios, preguntando quien le puede dar treinta miserables monedas para entregar a su Maestro. Esa clase de gente miserable y traicionera, como Judas Iscariote, es por la que Jesús tendrá que sufrir los dolores del monte calvario; pero en Getsemaní, que se ha convertido en la antecámara de su muerte, está agonizando, orando intensamente, tanto que su sudor era como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.

            Al día siguiente, Jesús fue llevado al monte calvario; allí fue crucificado, y con su muerte en la cruz, pagó totalmente la deuda por todos nuestros pecados. Sí, … la factura ya está pagada ciertamente, y todos nuestros pecados fueron borrados completamente y lanzados al fondo del abismo, pero, para que eso sea una realidad en nuestra vida, tenemos que reconocerlo como nuestro Señor y Salvador. Ya no tienes que andar por este mundo cargando toda esa culpa que hace que tu vida sea miserable; llevando contigo todos esos recuerdos de una vida llena de pecados que te hacen sentir avergonzado. Quizá estés pensando que no mereces que Dios te perdone por todo lo que has hecho, pero, por eso dio su vida en la cruz, y te da la oportunidad de que hoy mismo, puedas empezar una nueva vida. Solo tú puedes tomar esa decisión, solo tienes que aceptar el sacrificio de Jesucristo y recibirlo en tu corazón. Y fuera bueno que lo hagas pronto, porque el tiempo se termina. Yo te aconsejo que lo hagas hoy mismo, sí, …  ¡Hazlo ahora mismo! ¡Entrega tu vida a Cristo, y comenzarás una nueva etapa en tu vida, llena de bendición y esperanza!

Que Dios te bendiga; Tu hermano en Cristo, Antulio Meneses

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